lunes, 7 de abril de 2014

Diálogo en Plutón




La fotografía es de Arthur Tress y se titula Boys in the tub

-Siempre que disparo cierro los ojos, no me gusta verle la cara al muerto. Me contrató una viuda para que me cargara a su marido antes de que el tipo, él solito, se quitase la vida. Parece una coña. No dije nada y cobré. Luego todos los periódicos dieron la noticia de un suceso erróneo y, claro, mi prestigio subió como la espuma. No volvió a ocurrirme algo parecido. Sigo cerrando los ojos para disparar y luego vuelvo la cabeza a otro lado. Te parecerá literatura y, sin embargo, no lo es. He matado a quince personas en seis años, a catorce, si exceptúo a aquel que no me esperó. He dejado a viudas contentas, a hijos satisfechos, a hermanos conformes. Pero también a viudas desoladas, cuando era el hermano de la víctima el que me contrataba, y a hijos sin consuelo. He sembrado la desgracia en unos y la felicidad en otros. No sabría hacer ahora otra cosa. Para disparar con los ojos cerrados y acertar tiene uno que haber hecho un trabajo previo de seducción. Ahí es donde reside mi secreto, mi arte, podríamos decir. Tengo tiempo de sobra de disparar a bulto y no fallar, porque enfrente quizás he cegado al conejo no con las luces de mi vehículo, sino con un martillo, con un cable, con unas tijeras de podar. Soy un hombre del montón, uno de tantos, que baja a la playa y toma el aperitivo. A veces salgo a cenar por ahí con alguna amiga y me gusta viajar. He estrechado la mano de cientos, de miles de hombres que no comprenderían esto que te cuento a ti, porque tú eres diferente, porque tú has ido siempre un paso más allá que los otros. Deja que te acompañe un poco más. Piensa que es dificilísimo que nos volvamos a ver. Me crié, acuérdate, en estas calles. Luego estuve un tiempo fuera. Mis padres murieron y acabo de vender el piso en el que vivieron toda su vida, así que no creo que vuelva por estos lugares. He visto rostros conocidos por ahí, presencias que se han acercado a balbucearme incongruencias: los viejos porque lloriquean más que hablan, los borrachos porque sólo saben salpicar espumarajos de vino. En cuanto te he visto leyendo he sabido que podía confiar en ti. Nadie lee ya ni ha leído nunca un carajo. Sé que no vas a salir corriendo a delatarme, sé que te preguntarás, cuando leas la crónica de una muerte, si detrás de ella estoy yo o no. En fin, ya de aquí no paso. Adiós.
-Eh, espera, no te vayas ahora. Te invito a una cerveza. Ya me acuerdo de ti. Tú eras el hijo de la Paqui, la del cuarto. No jugabas al fútbol y te peleaste con todos los chaveas de la calle. Todos te dieron. Hablamos más de una vez. Cuando te marchaste tu madre le dijo a la mía que te habías ido a Madrid. Cuando a mí me encerraron mi madre también dijo que yo me había ido a vivir a Madrid. Cuando salí a la calle fue para no volver de Madrid. Ahora vago de un lugar a otro, vengo mucho por el barrio, reconozco a alguno y me río. Me he aficionado a la lectura, ya ves. Apenas había leído nada antes y ahora no sólo leo, sino que también voy a exposiciones, sé de cine y distingo muchos cuartetos clásicos en los primeros compases. Mira tú, un yonqui como yo, una piltrafa, un desecho social sin instrucción. ¿No te acuerdas? Siempre pidiendo en la estación de autobuses, como si me faltaran unas monedas para coger el del pueblo, y todo era para drogarme.
-¿Esto quiere decir que yo también estoy muerto?
- No te agobies. Aquí se está de puta madre.
-Sí, pero ahora voy a encontrarme con algunos y se van a cabrear un montón conmigo.
-No creas, la mitad de los crímenes cometidos por la humanidad son imaginarios. Mírate los tuyos. Tu madre siempre decía que ibas a hacerte escritor, pero, claro, nadie la creía. El nuestro no era un barrio de escritores y, perdona que te lo diga, tu familia tampoco.
-Vale, pero la cerveza, ¿cómo nos la tomamos?
-Lo de la cerveza era un decir. Ese es uno de los fallos que tiene esto, que muchas cosas de las que se dicen por estos lares son un decir.
-¿Estamos en el infierno, verdad?
-Ni puta idea. ¿Por qué coño tú y yo no íbamos a estar en el cielo?
-No sé, quizás porque hemos sido malos.
-Venga, chaval, no presumas…


miércoles, 2 de abril de 2014

Una reseña sobre "La memoria del gintonic" en Narrativas



La fotografía es de Frieda Riess

En el número 33 y en la página 119 y de la mano de Carlos Manzano, una lectura muy atinada de la novela.

Aquí

martes, 17 de diciembre de 2013

Insomnio






En el año 1997 viajé a París, quizás no fue en 1997, pero yo diría que sí.
El caso es que hace ya un porrón de años.
En París yo despertaba de madrugada, encendía la tele, la miraba un rato, luego le metía mano a Lucía y follábamos.
A mí París me gusta mucho, siempre que pienso en un río pienso en el Sena.
A mí hay muchas ciudades que me gustan. Y muchos ríos.
Pero como París es difícil…
La torre Eiffel me parece una pasada, me compré una de souvenir y desde entonces anda por ahí, en algún estante a la vista.
La torre Eiffel en los dibujos animados siempre me conmueve.
También me gustan mucho los cementerios, todos mis amigos lo saben.
En París, cómo no, visitamos el cementerio de Père-Lachaise.
Yo lo que recuerdo es que bajamos por detrás del Sacre-Coeur y anduvimos un rato.
Exactamente, según google maps, 5,5 Kms, 1 hora y diez minutos.
Nos gustaba mucho andar también. Por orden, follar y luego andar.
En aquella época yo andaba y además corría. No quiero decir que hiciera footing, sino que iba o volvía de los lugares trotando, corriendo, en lugar de ir caminando.


Bueno, comencemos de nuevo.
Me encantan los comienzos, los principios de las historias.
En el año 1997 viajé a París con mi novia. Era una novia flaca, muy flaca, pero con dos buenos melones. Tenía una cascada de pelo rizado que jamás se peinaba y que se anudaba hacia arriba con la ayuda de cualquier objeto alargado. Yo la recuerdo con un bolígrafo atornillándole la pelambrera.
El hotel estaba frente a un edificio de oficinas. Yo miraba cómo los empleados llegaban por la mañana y ocupaban sus puestos. Luego me volvía a la cama y seguía viendo los dibujos animados.
Desayunábamos en un sótano deprimente. Las camareras eran unas negras muy tristes, el recepcionista antipático, nuestro francés nulo.
Yo me sentía de puta madre. Por fin tenía una novia que me caía bien.
París nos parecía carísimo, pero ella se relajaba más en ese aspecto. No le importaba gastar y yo me animé. Después de un largo día caminando de un lado para otro, admirando todas las bellezas de la ciudad, era muy placentero buscar un restaurante y gastar una buena cantidad de dinero.
En una parada de autobús perdimos la cámara fotográfica.
Las escalinatas del Sacre-Coeur estaban llenas de negros vendiendo baratijas.
En el cementerio de Père-Lachaise nos ocurrió algo insólito.
Hicimos muchas fotografías dentro del cementerio. A Lucía le dolían más las fotografías que llevábamos hechas que la cámara.
La cámara era suya.
Estábamos sentados, la cámara a nuestro lado sobre el banco de espera, llegó el bus, nos levantamos con rapidez para cogerlo y allí la dejamos. Todavía tardamos en darnos cuenta un par de horas, cuando en un café echamos mano de ella para hacer una fotografía.
El gobierno francés acababa de aprobar una ley por la cual cualquier ciudadano que ayudara a un inmigrante ilegal podía ser juzgado y condenado.
En el autobús, todavía inconscientes de nuestro extravío, nos fijábamos en las gabardinas de los franceses, en las carteleras de los cines, las películas nacionales siempre mostraban un nudo sentimental. Un país también es una serie de tópicos que se asumen como una obligación cotidiana.
Estuvimos ante la tumba de Baudelaire.
Yo había leído Las flores del mal.
Había comprado el libro de segunda mano. Llevaba puesto el nombre de una compañera de la facultad. Me dio vergüenza decirle que tenía su libro.
Yo no sabía pronunciar el nombre de Baudelaire. Me limitaba a leerlo en español como lo veía escrito.
Sobre su tumba habían dejado poemas metidos en plásticos, que los protegían de los aguaceros. Me parecían unos homenajes tontorrones.
Como los que había en la tumba de Jim Morrison.
En una escultura que representaba a un ángel, a una doliente, ahora mismo no sabría decir a quién, alguien le había dejado un collar. Otro de esos gestos que no dudo en calificar como patéticos. Era un collar con unas cuentas muy bonitas, negras, un collar muy largo, al que había que darle varias vueltas.
Sin pensarlo se lo saqué a aquella escultura y se lo entregué a Lucía, que lo recibió bien.
No creí que una mujer de piedra en un cementerio francés necesitara para nada un hermoso collar que podría lucir mucho mejor una chica de carne y hueso, muy flaca, pero con unos preciosos melones.
Primero hallamos el collar, luego perdimos la cámara.
Había bastante presión policial sobre los inmigrantes. Vimos a unos cuantos negros corriendo.
Pasamos la mañana en el cementerio yendo y viniendo entre tumbas de celebridades literarias.
De todas maneras a mí la tumba que más me gustó fue la de un hortera que se llamaba Marco, un motorista, que tenía sobre su lápida todo tipo de recuerdos. Una lástima, porque le hice unas cuantas fotos que se quedaron en la cámara sobre el banco de espera del autobús.
Siempre me he preguntado por la persona que pudo haber encontrado la cámara. Si fue uno de aquellos negros acosado por el gobierno francés. Si fue una chica con gabardina como las del autobús.
No sé si quien dejó el collar en la escultura del cementerio pensó que los visitantes respetarían su gesto o tuvo en cuenta que alguien se lo podría llevar.

En el año 2008 conocí a una prostituta en el Bois de Boulogne. Se llamaba Helena y llevaba en París muy poco tiempo, procedente de Gambia. Era una chica especialmente hermosa. Conocí a una docena de prostitutas, pero recuerdo sobre todo a ésta. Yo ya fingía que sabía pronunciar el nombre de Baudaliere.
Aproveché la ocasión para volver a algunos lugares que ya conocía, entre los cuales estaba el cementerio de Père-Lachaise.
No pude caminar tanto como hubiera querido.
Por las noches llamaba a Lucía, aquella chica del pelo rizado, flaca y con dos melones de campeonato.
-¿Has visitado la tumba de Marco?, me preguntó.
-La he buscado, pero no he dado con ella, le dije.

Merece la pena hablar un poco de Helena.
A ella le hubiese gustado estudiar filosofía, pero se había encontrado con algunos obstáculos fundamentales que se lo habían impedido: era africana, negra y bellísima.
Antes de marcharme fui al Bois a despedirme de ella, pero llevaba días sin aparecer por allí.
La vida no es una trenza, no es un cuento con un desenlace.
París es una ciudad en la que tarde o temprano acabo pensando.
A veces despierto de madrugada y me levanto y pongo la tele. No hago ruido para no despertar a Lucía.


La fotografía es de Larry Clark

viernes, 25 de octubre de 2013

Tres libros de cuentos: Así es como la pierdes, de Junot Díaz; Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón y 29 cadáveres, de Pepe Cervera.





En las últimas semanas he leído tres libros de cuentos muy distintos entre sí, quizás con poéticas casi irreconciliables. Pero la libertad del lector, que es casi siempre mayor que la del escritor, se permite cualquier tipo de antojo. Se trata, por orden de lectura, de 29 cadáveres, de Pepe Cervera, editado por menoscuarto. Una colección de crímenes reales narrados con un distanciamiento que roza la frialdad. En segundo lugar, Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón, en Páginas de Espuma, diez relatos que basculan entre la realidad y ciertos detalles fantásticos, inexplicables, o cuanto menos asombrosos. Y por último, Así es como la pierdes, de Junot Díaz, editado por Mondadori, nueve historias de dominicanos en Nueva York, sobre Yunior y su familia, sobre todo su madre y su hermano, aunque también aparece el padre en un episodio y en los demás como figura ausente.

Son tres autores que ya conocía de antemano. De Junot Díaz había leído sus dos obras anteriores, publicadas en la misma editorial: La maravillosa vida breve de Óscar Wao (2008) y Los boys (1996), con fuertes componentes autobiográficos. De Pepe Cervera leí y escribí sobre Conozco un atajo que te llevará al infierno. En cuanto a Eloy Tizón, conocía Velocidad en los jardines, Labia y Seda salvaje. Es decir, cuando me aproximé a los tres libros, cuya lectura quiero comentar, el trabajo anterior de sus autores ya me había predispuesto favorablemente hacia los mismos.

En mi caso, supongo que en muchos lectores también,leer es entablar una conversación con el texto, más allá de la historia o historias que se traiga entre manos. Me gustaría pensar que eso no es un defecto de escritor, sino una virtud de lector. He sido muchos años lector sin ser escritor y siempre he tenido ese diálogo con la página escrita.

El libro del dominicano, Así es como la pierdes, está originalmente escrito en inglés o en una de esas ricas variantes del spanglish, traducido, por lo que a mí me parece, de una manera muy sabrosa, muy sonora, muy natural. En sus páginas encontramos, ágilmente narradas, las vicisitudes del alter ego del autor, el tal Yunior, y su hermano Rafa, con las mujeres. El sexo está omnipresente. Y el punto de vista es el del varón latino educado con unos patrones machistas de los que es muy difícil escapar. Los personajes doloridos, la enfermedad, la lucha por la subsistencia, el placer, nostalgia por el mundo perdido, búsqueda de una identidad cultural, son los asuntos que maneja el escritor con pasmosa naturalidad, a través de situaciones en las que no resulta difícil imaginar un correlato más o menos autobiográfico.
La lectura de estos cuentos, que componen un mosaico en el que no costaría llamar al conjunto novela, me ha llevado a pensar, si sumamos las otras obras del autor, en lo fértil que es el terreno de la mixtura cultural, desde el punto de vista temático y desde el idiomático. Creo que el uso que los escritores españoles hacen del idioma está absolutamente encorsetado y empaquetado en unos patrones de lengua neutra, sin matices, donde la forma de hablar de los personajes no importa, y cuando se expresan no hay variedad. Si alguna vez un personaje no habla de una manera estándar se le pone en cursiva. Esto es, no se le tiene respeto a la lengua hablada. Uno de los grandes logros de Junot Díaz es lo bien que se integra el discurso de sus personajes en la narración. Teniendo en cuenta que he leído una traducción.





Las historias del libro de Eloy Tizón discurren por una lengua literaria alejada de los modos de expresión del habla. Una lengua en la que la orfebrería tira de parte de lo que se cuenta. Donde unas frases sacan a otras, donde a la retórica poética se le da un amplio espacio. Los cuentos de Técnicas de iluminación son muy interesantes: una parte de ellos sucede en el mundo reconocible, inmediato, en la cotidianeidad, otra parte se hunde en las sombras, deriva a lo inexplicable, o lo que explicado resultaría fútil, deja lugar al asombro o a la perplejidad. Más allá de los prejuicios favorables (y merecidos) con los que se está juzgando este libro, debido el prestigio del autor en el mundo del cuento, me parece una apuesta arriesgada y muy personal, en la que no puedo dejar de pensar que lo que en muchos medios veo resaltado como sus grandes virtudes, son a veces también pequeños defectos, como esas debilidades poéticas, demasiado fáciles (Vivir es vibrar). O aciertos a los que el autor no es capaz de renunciar, aunque te saquen del relato, precisamente por su precisión: “Una cosa entre trágica e insignificante, como la autopsia de un gato”. Quizás porque aquí lo que se cuenta está ya un poco archisabido: una separación, una unión, un viaje, una vida en el extrarradio, y hay que presentarlo precisamente bajo una iluminación distinta. La voz del escritor domina los textos, es omnipresente. El ejercicio de la escritura se trasparenta en el propio discurrir del texto, porque la historia va empujada (y se nota) por las palabras, no por los acontecimientos. Eloy Tizón gusta mucho entre los escritores y vamos en camino de que sea fácil identificar lector con escritor.




En 29 cadáveres, Pepe Cervera hace uso de una lengua de informe para relatar las atrocidades que llevan a cabo sus personajes, lo que provoca en muchos momentos verdaderos escalofríos. Son ocho historias que tienen un correlato real. Al final se hace una relación de los personajes con algunos datos sobre los crímenes que llevaron a cabo. Las historias se desarrollan en Estados Unidos, con una crónica negra que tenemos en la retina gracias a películas, libros y noticias de los medios de comunicación. Es curiosa la deriva del autor hacia ese espacio de referencias anglosajonas y americanas, que se queda algo estereotipado, cuando había demostrado una gran pericia para moverse por las geografías más próximas, donde hay una crónica negra también muy suculenta.

Los tres los he disfrutado.

martes, 17 de septiembre de 2013

La vida es un dramaturgo desvergonzado, mi lectura de El plantador de tabaco



El plantador de tabaco, de John Barth, tiene 1176 páginas y cuesta 34 euros. Lo que me he gastado y las que he leído. Comprometerse con un libro a veces es pagarlo. Otras veces no. Es suficiente con sacarlo de la biblioteca. O pedirlo prestado. Bajarlo de internet sin pasar por caja.

El plantador de tabaco ha sido recomendado por algunos blogs de los que se presume que se ocupan de la buena literatura. Lectores exigentes. A mí me empezó a picar la curiosidad desde La medicina de Tongoy antes de esta nueva edición por parte de Sexto Piso. En lo de Tongoy se reparte caña de lo lindo. Muchos autores pasan por allí y salen como gatos escaldados. Bien está. Pero ese es otro asunto. Muchos expertos, muchos blogueros coinciden en que se trata de una obra maestra. Por lo menos la obra maestra de su autor. De todas maneras añadiré otro punto de vista sobre la novela, el de lector-malherido, que la considera una novela pastiche más próxima a un ejercicio caprichoso y gilipollas.

No me importa un carajo si es una cosa o la otra.

Después de 34 euros y 1176 páginas no quiero hablar del libro sino de mi lectura del libro, que es aquí lo importante. Es lo que me interesa: soy un lector lento, esforzado, que ha invertido, supongamos, más o menos 36 horas de su vida en seguir la historia de su protagonista, el ingenuo y estúpido Ebenezer Cooke, que viaja desde Londres a las tierras americanas de Maryland donde se desarrolla la mayor parte de la trama, durante los últimos años del siglo XVII. El argumento es sumamente atractivo y difícil de sintetizar en unas pocas líneas, porque se dispersa en múltiples vericuetos: el susodicho Eben Cooke y su hermana gemela Anna reciben una educación refinada por parte de un tutor llamado Henry Burlingame III, que ejerce sobre ellos una poderosa influencia, pero que inesperadamente desaparece de sus vidas. El muchacho después de todo no es muy largo de entendederas y se empeña en seguir una absurda carrera de poeta laureado que le llevará a tierras americanas para hacerse cargo de una hacienda paterna y al tiempo convertirse en el cantor de la misma. Pero antes de partir cae rendido de amor ante una joven puta que no logra arrebatarle la virginidad.

La novela viene encabezada por un mapa de las tierras americanas de Maryland que no he consultado ni una sola vez, pero al que le he echado un vistazo al final y entonces los lugares si que me han dicho algo, algo que no sé lo que es. Sólo eso, que me sonaban. Travesías navales, naufragios, tabernas, lupanares, islas, poblados indios, lúgubres ciudades coloniales, cada uno con su nombre y sus coordenadas, pero al fin y al cabo, la memoria es endeble y nos conformamos ahora con verlas dibujadas o escritas. Las novelas dejan, como mucho, al cabo del tiempo, una especie de nebulosa emocional que tiene que ver con la lectura del relato, no con el relato en sí.

En la primera parte, titulada La apuesta trascendental, se nos presenta al protagonista, el joven poeta, cuya figura resulta ser un trasunto de un personaje histórico de idéntico nombre del que apenas se sabe nada excepto que compuso una obra satírica titulada El plantador de tabaco. Las primeras dificultades que tuve que superar como lector fueron las de los giros sintácticos, periodos largos, complejos, en los que no aparece un punto hasta después de muchas líneas. Veamos el inicio. El primer párrafo:

“En los años finales del siglo XVII había entre los juerguistas y petimetres que frecuentaban los cafés londinenses un individuo delgaducho y zanquilargo llamado Ebenezer Cooke, con más ambición que talento y, sin embargo, más talento que prudencia, el cual, al igual que sus compañeros de juerga, que en teoría estaban educándose en Oxford o Cambridge, encontraba en los sonidos de la madre lengua inglesa más un motivo de juerga y diversión que algo con sentido, con lo que se podía trabajar y, en consecuencia, en lugar de entregarse a los sinsabores de la erudición, el tal Ebenezer aprendió el arte de versificar, dando en desgranar, conforme a la moda de entonces, cuadernillos de pareados plagados de Joves y Júpiteres espumeantes, entre el estruendo de las rimas estridentes y símiles que de tanto tensar la cuerda, a punto estaban de romperla.”

La novela intenta reproducir unos modos sintácticos y estilísticos antiguos, como si hubiese sido escrita por alguien del siglo inmediatamente posterior, el XVIII, que como en el caso anterior recompensan con creces el esfuerzo lector. Pero en otras ocasiones merece tenerse en cuenta esta opinión de Mal-herido: “Las novelas contra la sintaxis del presente no son otra cosa que un grito compaginado de inadaptación, literatura de travesti.” Sobre todo si la impostura se prolonga durante mil y pico páginas, ¿no?

En la segunda parte, titulada Camino de Malden, el poeta, ya investido con un pomposo título de Laureado, se muestra como el gran imbécil que es y abandona Londres camino de su sueño de gloria, pero enseguida el lector descubre lo incapaz que es no sólo de escribir una gran epopeya, sino de entender lo que le rodea, apareciendo nuevamente su antiguo tutor, que intercala el relato de sus aventuras. Las partes en las que el lector se perderá en más de una ocasión y que a menudo resultan fatigosas son aquellas relativas a las intrigas históricas que justifican ciertos movimientos de los personajes. Las explicaciones son en ocasiones prolijas y enrevesadas. En el trasiego de falsas identidades, usurpaciones de personalidad, traiciones y embrollos políticos de la iglesia católica y anglicana en las colonias, lo mejor son los relatos que se van intercalando por los distintos actores de la trama, cuya justificación a menudo el lector no va a entender. Ahí es donde el autor se podía haber ahorrado unas cuantas páginas, que le habría ahorrado al lector. Pasa con todos los libros muy largos. Si le pasa a Moby Dick y le pasa a La Montaña Mágica…

Ebenezer, El Laureado, tiene dos obsesiones que componen su esencia de loco divertido: escribir La Marylandíada, epopeya de un paraíso perdido, que acabará regalando, por la propia incompetencia y necedad, a unos malhechores y mantener a toda costa su virginidad. Las putas, lo escatológico, el refranero de la sabiduría popular, la picaresca de los criados, los cornudos, son quizás los elementos más vivos, más divertidos, en contraposición con el ridículo ideal de inocencia que el poeta quiere salvaguardar en todo momento. Así, la obscenidad de la vida se acabará imponiendo no sólo al ideal literario, y lo que iba a ser una epopeya, acabará en obra satírica, después del conocimiento real del mundo, sino también al ideal vital, y el poeta contraerá una enfermedad venérea cuando finalmente se entregue al amor físico en el cuerpo de una amante desfigurada.

La tercera parte, titulada Malden ganado, suma a los piratas la aparición de los indios, la continuación de la
historia erótica entre Pocahontas y John Smith, en un diario secreto que aparecerá a lo largo de toda la novela, y lo más importante de todo, entre muchas historias entreveradas, se concluirá el proceso de maduración del ingenuo poeta, después de tantísimas aventuras, desgracias, salvaciones in extremis, etc: “¡ A estas alturas mi inocencia es una cuestión de rigor técnico!, dice en la página 1095.

Esto podemos leer en la página 1099: “lo cual, dijo, venía a corroborar la afirmación hecha por Ebenezer de que la vida es un dramaturgo desvergonzado”. Y es que de unos inicios más o menos realistas, con tonos picarescos y burlones, la historia, transita por espacios que se alejan cada vez más de lo puramente verosímil en tono realista para adentrarse en los territorios de aventuras míticas como las que llevaron a cabo otros personajes legendarios como Odiseo, Don Quijote, Simbad el Marino y otros tantos. Acabaremos en espacios cerrados propios de las novelas de detectives y de juicios y saltaremos hacia conclusiones existencialistas.

El plantador de tabaco es una novela compleja, irritante y divertida que merece la oportunidad del esfuerzo lector. Me temo que Mal-herido al tiempo que tenía algo de razón al considerar que las novelas escritas desde un tiempo, desde un siglo, no deberían renunciar a ese siglo, a ese tiempo, en su forma estilística de construir el relato, no se leyó las 1176 páginas.