jueves 3 de diciembre de 2009

Ícaro y su puta madre


Ícaro representado por Matisse

Yo iba subiendo, emplumado,
como un cohete de necesidades,
aferrado a las escalas que me ofrecían
los poetas,
pero de repente mi plan inicial
se vino abajo y comencé a caer como una lluvia de ceniza
en un charco hondo de deslices
y promesas,
me quedé hasta la madrugada viendo la televisión:
gente en la cocina con robots multiusos
o fortaleciendo sus abdominales sin esfuerzo.
Quizás más que un mito clásico adaptado
a los tiempos
tú necesitas otra cosa, quizás que te arrime el taburete
a los ojos dry-marini,
quizás un gesto nuevo en el enésimo cigarrillo.
Pero no sé, no tenía que haberme puesto a pasar
ya el poema a limpio.
Nadie parece hacer lo correcto.
Sin embargo ahora estamos aquí,
después de cientos miles de azares,
en la boca de este pozo,
ofrecidos al comercio de la carne
como símbolo.

martes 1 de diciembre de 2009

Consunción virtual


Un fuego que hará estallar los cohetes
de nada y nadie en un cristal
un fuego o ardor en la yema de mis dedos
sobre tí
sobre tí
pantalla táctil piel líquida
órgano interno sacado afuera
corazón hígado lengua
en el escáner en la fotocopiadora
en la memoria de tu cámara digital

Deshielo en proceso de sangre y saliva
o de cielo o de río o de piedra
o de pixel o de caries o de hilo
hoja murmullo ceniza

Un fuego que se consume imposible en el vacío
te ves perdido en un videojuego
uno de aquellos puntos que engullía el comecocos

Nada arde nada quema
Es posible entrar y salir en el videofuego de las palabras
sin sudor
pero siempre con hambre

lunes 30 de noviembre de 2009

Las palabras nos desdibujan


La imagen es de Chema Madoz

La palabra que algunos
poetas no quieren dejar fuera
de sus poemas es pixel

Otros no renuncian a tesela

Yo debo recurrir antes que a ninguna
de esas dos a caries

pero no soy el único imagino

podéis enviarme vuestras muestras
por correo electrónico

que ve machas imperfecciones agujeros
en el azogue donde se dibujan
paisajes árboles con caries
rostros amadas con caries
bodegones lebrillos con caries

La misma página de la pantalla
en la que escribo está afectada por un virus
que la hace como la boca de un hombre
que se pudre fuera del tiempo

viernes 27 de noviembre de 2009

Hijogato


Miquel Barceló, Gato (1981)

a Pablo

Puse las piernas en alto
de puro triste
y abrí el libro, como si en él
me esperase usted, señora, mi muerte,
dos mil años arriba abajo.
Altura y pelos, cómo sustraerse
a este título del poeta César Vallejo.
Y en aquel instante de leer
"¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!",
mi gato me saltó encima para dar fe
de que los poemas existen
fuera de los poemas.
Mi gato pasó por mis piernas
como si mis piernas fuesen un puente
sobre un río muy hondo.
Al llegar al otro lado se volvió
y vio humanamente
enseguida
que yo nunca he tenido un gato.

martes 24 de noviembre de 2009

La ciudad feliz, de Elvira Navarro


Elvira Navarro, La ciudad feliz, XXV Premio Jaén de Novela, Mondadori, 2009

La ciudad feliz está compuesta por dos novelas cortas en principio independientes, dos historias tituladas “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” y “La orilla”, que más allá de un delgado hilo en el que el personaje central de la primera aparece mencionado en la segunda, comparten esa mirada inocente que se empieza a contaminar con el descubrimiento de que el mundo tiene una cara sórdida.
La primera novelita cuenta en tercera persona la lucha de Chi-Huei y su familia por salir adelante en España, desde un asador de pollos-restaurante chino, donde la disciplina, el trabajo y el sacrificio le imponen al niño unas condiciones especiales que van a determinar su carácter. En realidad la familia sólo tiene un discreto barniz chino. Podría haber sido ucraniana y nada sustancial hubiese cambiado, o una de esas familias españolas de hace treinta años en un naciente barrio obrero. La cita introductoria de Georges Perec dice: “Contra la memoria nos queda el olvido”. La mirada del niño descubre la crueldad del mundo al que la familia, en especial la madre y el abuelo, quieren pertenecer por medio de un negocio propio, alejado de las mafias, pero también la del mundo que queda atrás, en China, a través de la figura deshecha del padre. La necesidad de dinero, el ahorro y la miseria emocional que conlleva la precariedad material son el marco que limita las relaciones familiares: necesidad, amargura, odio y desprecio, sobre los que Chi-Huei, a través de la voluntad, habrá de construirse.

A mi parecer está mucho más lograda la segunda, introducida por la siguiente cita de Georges Perec: “Contra el olvido nos queda la memoria”. En ella se nos cuenta la relación de una niña, o preadolescente, todavía en Primaria, con un vagabundo por el que empieza a sentir fijación, desde que descubre que él la acecha. Lejos de todos los elementos morbosos que podríamos imaginar, se trata de la puerta que le sirve a la niña para dejar atrás la infancia. La inquietud no se circunscribe a los manidos clichés de asedio sexual, ya que la curiosidad de ambos sobrepasa la ruindad típica de esos límites. El mundo que hay frente al jardín de infancia puede ser duro y sucio, pero mucho más interesante que los algodones con los que papá y mamá nos quisieron empaquetar la existencia. Vida de barrio en la ciudad, un bar, el transporte escolar, las clases, una academia de dibujo, todo es ruido de fondo para el cortejo existencialista de dos seres que están solos y lo seguirán estando después de todo. Un final excelente, a la altura de todo el desarrollo de la historia. La intervención bienintencionada de los padres no hace si no descubrir, dejar en evidencia la gran cicatriz personal y social de quien está dispuesta a crecer, la traición que supone seguir adelante, el dolor íntimo que desde entonces anidará dentro de la niña. “La orilla” está contada con sencillez y eficacia en primera persona, su confidencialidad es discreta y evita todo vago sentimentalismo.

A Elvira Navarro la entrevistamos desde este blog sobre su anterior obra La ciudad en invierno. Aquí.

domingo 22 de noviembre de 2009

Noticias del espacio exterior con risa


El canadiense Guy Laliberté, fundador del "Cirque du Soleil" ("Circo del Sol")

Echan el cierre dos blogs dedicados al mundo del cuento, Masacre en los jardines y El síndrome Chéjov. Se levanta una espesa polvareda sobre la poca tolerancia crítica de los escritores, las susceptibilidades de editores y críticos. Particularmente creo que hay poco sentido del humor en los arrabales de la literatura, se presume mucho y se tiene muy poco sentido de la realidad. No me gano la vida escribiendo ni lo pretendo. Creo que los intereses giran en torno a círculos en los que sus miembros se vigilan unos a otros. Con un simple vistazo desde el espacio exterior este cosmonauta ve dos grupos diferenciados: los autores que orbitan en torno a las bitácoras nocilleras, por un lado, y por otro, aquellos que navegan en la estela de una nave a la que quizás les gustaría subir, como es la editorial Páginas de Espuma, o La nave de los locos de Fernando Valls.
Ni unos ni otros son capaces de reírse de si mismos, pero sí un poquito de los del otro lado. Como no me va nada personal ni con los de aquí ni con los de allí y como de todos tengo cosas que aprender, unas veces para no hacer lo mismo y otras veces para intentar hacerlo parecido, diré que decir todo lo que uno piensa es absurdo, no lleva a ninguna parte. Pero me he reído, en ocasiones, de unos y de otros. ¿Lo habré hecho ya de mi mismo? De quien no me río es de tí, querido lector, hasta que bajas los ojos de la pantalla, entonces ya sí que puedo.

Me nació el otro día el tercer varón, Juan se llama, es muy bueno y muy guapo. Porque su padre puede dudar de si vale como escritor o no. De lo que no duda es de su jeta. Hasta que un día te la partan, hijo, le dice la abuela, de Juan. Los hijos vienen con un montón de historias debajo del brazo, de eso estoy seguro. Ya se ríe con una mueca sobre un abismo de nada desdentada, chupona. Calentito como un panecillo.

Mi editor, Narrador.es, me ignora. Le he mandado varios correos con ciertas dudas e inquietudes y no me los contesta. No sé qué hacer, porque, aunque me río, no sé si me hace gracia.

Este blog ha cumplido dos años hace unas semanas y va por las 300 entradas. Mucho trabajo, muchas horas, mucha diversión, y risa, desde luego, pero cada vez menos comentarios. Quizás es que decidí no contestarlos. No sólo por falta de tiempo, que también, sino porque mi diálogo, mi comunicación, quiere ser por medio de los relatos y las historias.

¿Qué pasó con el Proyecto Troyanos, quién se acuerda, era un proyecto anónimo lleno de muy buenas intenciones? A veces las buenas son peores que las peores, pero de eso no me río, me apena. Sí.

La risa, amiguitos, la risa. No se rían conmigo, háganlo de mí, porque en cuanto pueda yo lo haré de ustedes, aunque no se lo diga a nadie. Es esa risa boba que flota sobre el vacío, sobre la existencia vana y superflua de quien es, por el momento, su centro, quien cree serlo. Si no, a qué iba a venir esta entrada y tantas como ésta.

Abajo sí va la buena: un relato.

El piragüísta


En la imagen el campeón David Cal

Parece como si tuviera que ir tirando de él por medio de un hilo invisible, siempre detrás con aquella obsesión metafórica de ir contándolo todo, habitual en las personas afectadas por su enfermedad. Llevaba un cronómetro y un cuentapasos, y los consultaba compulsivamente para darme los resultados a cada poco. Paseábamos río arriba y era todavía muy temprano, como cada día desde que habíamos tomado ese costumbre, al día siguiente de haber enterrado a papá y a mamá. Era una forma de hacer algo contra, por ejemplo, su gordura, pero la batalla estaba perdida de antemano. Todas las semanas, a pesar de los paseos, el fiel de la báscula se iba un poco más arriba. Yo me solía llevar un libro, pero apenas leía. No maldecía mi suerte, pero se me pasaba por la cabeza, por supuesto, darle un empujón para que todo acabase en el río. Me senté en uno de los bancos y él, juguetón, se ocultó detrás del tronco de un árbol, por cuyos lados le sobresalía el cuerpo inmenso. Exclamé preocupada, como quería él que lo hiciese, fingiendo que lo había perdido, y salió sonriente para venir a sentarse a mi lado. En ese instante ví venir río abajo a un piragüísta arrodillado en su canoa, esforzándose en un entrenamiento que era a todas luces profesional, pues desde una lancha motorizada su entrenador le iba dando instrucciones. Con el libro abierto en el regazo miré hacia el río y busqué que nos mirase, pero no es fácil que un regatista de élite en pleno entrenamiento se distraiga para mirar hacia la orilla, en la que están sentados, como pasmarotes, una lectora distraída y la enorme criatura que cuida y acompaña desde que amanece hasta que se pone el sol. Pasó de largo dando unas enérgicas paletadas con el remo dentro del agua, y una punzante sensación de tristeza se instaló en el hueco que quedaba entre mi hermano y yo misma. Una tristeza de aire dura al tacto, como una resistencia invisible, sobre la que uno podía empujar, aunque nunca se conseguía vencerla.
-Cronométralo hasta el puente, le dije a él.
Un rayo de fugaz dicha le cruzó por la cara.
-Qué rápido va, exclamó.
-Sí, qué rápido.
Nos admiraba su velocidad porque constrastaba con nuestra pesantez de movimientos. Me imaginé al hombre, con una rodilla levantada y la otra en el fondo de la canoa, dibujado armoniosamente en un viejo papiro. Bajaba uno de esos míticos ríos que son cuna de civilizaciones. Cerré los ojos mientras oía el murmullo que él iba emitiendo al llevar la cuenta de los segundos que pasaban hasta la ficiticia meta del puente. Nueve, dijo. Un nueve con dificultades, un nueve que yo reconocí, pero que le hubiera costado mucho entender a cualquier otra persona. Bravo, grité, nueve segundos. ¿Sabes que es un campeón olímpico? Sí, sí, campeón, dijo él de un modo casi ininteligible, y luego se echó a llorar moqueando.
-¿Qué te pasa?
-No quiero que se caiga, dijo varias veces, aterrado como un niño de pocos años por un fantasma de su más oscura imaginación.
-No te preocupes, no se caerá.
Luego vimos que se detenía y se acercaba a la lancha del preparador para recibir nuevas instrucciones.
Mi hermano cronometró la nueva salida hasta que lo perdimos de vista en un codo del río.
-Quince, dijo.
-Es el mejor, dije, un deportista con varias medallas olímpicas.
Mis palabras se mecieron en el aire con el temblor de las hojas cantarinas, primero subieron, luego avanzaron y finalmente fueron a posarse en la corriente. No eran ganas de llorar, era la punzada cortante como los filos de un bloque de hielo, no eran ganas de hundir a mi hermano en aquellas aguas que alimentaban la vida de sus orillas, era la música insonora que nos acunaba los deseos de ser parte de la profundidad. Cerré el libro, volví la cabeza y él ya no estaba allí, cosa que sólo me había ocurrido hasta entonces en algún sueño. Fueron sólo unos segundos, quizás cronometrados por él hubieran llegado a cinco, pero me pareció que se trataba de un punto en el que el tiempo se había expandido: una hilera de patos desfilaba ante mí de mayor a menor. Concretamente conté seis, luego él regresó.